08 May. 2020

Jugar es una experiencia vital para la salud mental de un niñ@.

El juego permite desarrollar la capacidad simbólica, que será esencial para la adaptación social

Un niño que no puede jugar, que no simboliza, suele ser un niñ@ con dificultades. Cabe recordar en este apartado, y siguiendo a la prestigiosa autora Lorna Wing, que los niños con dificultades importantes, como los niños con TEA, tienen restringida su “imaginería” (es decir su capacidad para simbolizar y jugar).

Es por ello que ya, desde la aportación inicial sobre el valor del juego de la psicóloga francesa Eugenie Sockolnicka (la primera en ver su utilidad terapéutica) todos los CDIAPs, CSMIJs y centros de psicología y desarrollo infantil, emplean el juego en sus tratamientos.

Cabe entender que estos niños no van al CDIAP o al CSMIJ, o a su centro terapéutico a jugar para pasar un buen rato, como actividad de ocio, sino a jugar para -a partir del juego- poder aumentar su capacidad simbólica, la cual les ayude en su comunicación y adaptación sociales.

 Pero, ¿Qué es un símbolo?

 Siguiendo a uno de los psicólogos más relevantes de la historia (Jean Piaget), llamamos símbolo a una “representación o significantes, de otras representaciones o significados”. Por lo tanto, gracias al símbolo, se pueden evocar cosas que no están presentes en la realidad tangible.

Un ejemplo: Si un niño quiere representar que el muñeco sube en un cohete y no dispone de un cohete de juguete, el niño tratará de imaginar que el lápiz puede ser “como un” cohete. Es decir que “simulará” que otro objeto (lápiz) hace la función de cohete en el juego. Vemos aquí como el simbolismo permite dar presencia en el juego, en la ficción, a un objeto del que no se disponía.

Este punto es importante, para diferenciar el pre-simbolismo, del auténtico simbolismo, y así:

  • Pre-símbolo. Es aquel que va preparando al niño para, en etapas evolutivas posteriores, acceder a los símbolos. En el pre-símbolo existe una imagen física u objeto que facilita la representación con roles. Así, cuando un niño da de comer al muñeco con una cuchara de plástico no está empleando un símbolo, sino un pre-símbolo. Porque delante suyo está la cuchara de juguete.

  • Símbolo. Es aquel en el que la imaginación del niño permite evocar el objeto que no está presente. Ejemplo: El niño no tiene la cuchara, pero con otro objeto simula que es una cuchara y da de comer al bebé.

Evolutivamente, lo normal es que los niños se inicien en la representación de roles y el juego con recursos pre-simbólicos, para posteriormente pasar a jugar de forma más simbólica.

Por ello, es bueno que con nuestros hijos no juguemos con objetos que ya hagan todas las funciones. Es preferible que inventemos con él, que simulemos, cómo un determinado objeto puede hacer (simbólicamente) las funciones de otro. Que le ayudemos a co-construir los símbolos.

Clarificada ya la definición de símbolo, conviene tener presentes otros aspectos del juego que pueden ser beneficiosos. A continuación los exponemos:

  • El juego permite trabajar la atención conjunta (es decir, y en palabras de Sally Rogers y Geraldine Dawson, creadoras del modelo DENVER) la capacidad para estar dos personas compartiendo un juguete y jugando con él.
  • La atención conjunta es esencial, porque dará pie (siguiendo a Daniel Stern) a la intención conjunta y al intercambio de afectos.
  • A su vez el juego permite simbolizar ansiedades que, de otra forma, quedarían sin canalizar (y por tanto serían susceptibles de provocar somatización) (véase las obras de Donald Winnicott, Melanie Klein, o Anna Freud). Así, si un niño puede representar en el juego sus angustias, ello ayudará a que no se queden adentro, a que puedan ser compartidas con un adulto empático, que pueda contener.
  • En niños con dificultades atencionales o impulsivos, realizar juegos de turnos permite que puedan trabajar su espera, etc.

Así pues, el juego permite:

  • Potenciar la simbolización.
  • Comunicarse mejor socialmente.
  • Intercambiar afectos.
  • Potenciar la atención conjunta.
  • Trabajar la espera y la regulación de la conducta impulsiva.
  • Canalizar y simbolizar angustias.

¡En resumen, juguemos con nuestros hijos, ya que es muy bueno para su salud y el desarrollo, además de agradable para mayores y pequeños!

Referencias:

Sockolnicka, E. (1920). “L’analyse dun cas de névrose obsessionnelle”, IZP, 6, Trad. Fr. En Revue de neuropsychiatrie et hygiene mentale de l’Enfance, 16, no 5-6.

Stern, D.N. (1985). The interpersonal world of the infant. Basic Books.

Wing, L. & Gould, J. (1979), Severe Impairments of Social Interaction and Associated Abnormalities in Children: Epidemiology and Classification, Journal of Autism and Developmental Disorders, 9, pp. 11-29.

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